domingo, 27 de septiembre de 2015

La bilocación: el inexplicable don de estar en dos partes

La bilocación puede ser definida como la presencia simultánea de una persona en dos lugares diferentes. En el caso de las personas que lo experimentan, aparentemente podrían ser capaces de interactuar con su entorno de forma normal, lo que incluye la posibilidad de experimentar sensaciones y de manipular objetos físicos.

Si bien no existe una explicación clara para explicar el fenómeno, se cree que la bilocación puede ocurrir del siguiente modo: mientras un cuerpo permanece en un lugar, en otro lugar podría estar una representación o figura aparente del mismo. Esta representación podría darse sobrenaturalmente (por intervención divina) o preternaturalmente (por intervención diabólica).

Los estudiosos de los fenómenos místicos creen que los actos de bilocación sobrenatural se darían por una representación sensible, hecha milagrosamente por Dios. La bilocación, en este caso, actuaría de dos maneras: o puramente en espíritu o bien en cuerpo y alma (la persona completa). Los ocultistas, espiritistas, teósofos y otros, en tanto, se refieren a la bilocación como una especie de viaje astral. El cuerpo físico, real, quedaría como muerto y el alma, con un cuerpo igual de visible, actuaría en otro lugar.

Casos increíbles


En términos generales, la Iglesia Católica ha tomado con mucha cautela los casos de bilocación, aunque ha reconocido al mismo tiempo la existencia de este fenómeno en la vida de santos y místicos. Entre los casos más notables se cuentan al Papa San Clemente, San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, San Martín de Porres, San José de Cupertino, San Alfonso de Ligorio, San Juan Bosco y San Pío de Pietrelcina.

El caso de San José de Copertino es muy ilustrativo, pues se asegura que asistió a la muerte de su madre en su pueblo natal sin abandonar el convento de Asís donde residía. Se cuenta que cuando la anciana estaba a punto de expirar, gritó con la voz teñida de dolor: “¡Oh José, hijo mío, ya no te veré más!”. A los pocos segundos habría aparecido una luz resplandeciente que iluminó la habitación, y la moribunda, viendo a su hijo, gritó de nuevo, pero esta vez con la voz llena de júbilo: “¡Oh fray José, hijo mío!”.

En ese mismo momento, por cierto, el santo se encontraba a cientos de kilómetros de distancia, en el convento de Asís. Lo curioso es que se asegura que José salió llorando repentinamente de su celda y se encaminó a la Iglesia a orar. El padre guardián, al verlo con el rostro tan descompuesto y los ojos arrasados de lágrimas, le preguntó por el motivo de su llanto. La respuesta de José fue lapidaria: “Mi pobre madre acaba de morir”. A los pocos días llegó una carta que confirmó la infausta noticia, pero los religiosos del convento quedaron estupefactos cuando se enteraron, por testimonios de gente allegada a la fallecida, que el santo había asistido personalmente a su madre moribunda. Todos estos hechos, por supuesto, constaron oficialmente en su proceso de beatificación.

Otro caso célebre de bilocación, pero esta vez fuera del ámbito de la Iglesia Católica, es el del almirante inglés George Tryon. El 22 de junio de 1893, el barco “Victoria”, capitaneado por Tryon, naufragó en las cercanías del puerto de Trípoli después de chocar con otro navío de su misma escuadra naval. Los supervivientes de la tragedia relataron después como el propio Tryon se hundió heroicamente con la nave, mientras gritaba amargamente la frase: “Todo fue mi culpa”, pues la maniobra que ocasionó la colisión había sido ordenada por él.

Lo insólito del caso es que al mismo tiempo en Londres, a miles de kilómetros de distancia, la esposa de Tryon y cientos de invitados que participaban en una fiesta que se celebraba en la mansión del marino, vieron a Tryon cruzar por el salón dando grandes pasos. Cuando le dirigieron la palabra, el marino se ocultó en un corredor y nadie pudo hallarlo después. Nunca apareció de nuevo.

Los testigos del la bilocación padre Pío.


La Sra. María fue una hija espiritual del padre Pío, ella declaró: “Cierta vez, durante la noche, me encontraba rezando con mi hermano cuando de repente él se sintió con mucho sueño y después se levantó violentamente tras haber recibido una cachetada. Mi hermano notó que la mano que lo abofeteó estaba cubierta con un guante. Él pensó que había sido el padre Pío y al día siguiente preguntó que si había ido hasta su casa para darle la cachetada. El padre Pio le respondió ‘¿esa es la forma correcta de orar?’. Con una cachetada, el padre Pio llamó la atención de mi hermano en la oración”.

El padre Alberto, que conoció al padre Pío en 1917 relató: “Vi al padre levantarse frente a una ventana mientras miraba en dirección a la montaña. Me acerqué para besar su mano, pero él ignoró mi presencia. Noté que su brazo estaba rígido. En aquel momento escuché que le daba la absolución a alguien. Después de un tiempo se sacudió como si hubiera despertado de un sueño. Me vio y dijo: ‘estabas aquí, no me di cuenta’. Algunos días después llegó un telegrama desde Torino (Italia). En aquel telegrama alguien agradecía la superior del convento por haber enviado al padre Pío a Torino para ayudar a una persona que estaba agonizando. Entonces me quedó claro que el hombre estaba muriendo al mismo tiempo que el padre Pio le daba los santos oleos en San Giovanni Rotondo. Obviamente el superior del convento jamás envió al padre Pío a Torino, por lo que estuvo allí en bilocación”.

En 1946 una familia norteamericana viajó de Filadelfia a San Giovanni Rotondo para agradecer personalmente al padre Pío. Su hijo era un piloto de avión bombardero durante la Segunda Guerra Mundial, y el padre Pío lo había salvado en los cielos del Océano Pacifico. El avión sobrevolaba muy cerca de una isla en dirección al aeropuerto donde aterrizaría después de descargar las bombas. Pero la aeronave fue alcanzada por un avión caza japonés. El avión – dijo el hijo – explotó antes de que la tripulación tuviera oportunidad de saltar con paracaídas. Solo yo tuve la suerte de salir con vida. Y hubiera impactado contra el suelo de no haber recibido la ayuda de un fraile que se apareció en el aire. Tenía una barba blanca, me tomó en sus brazos y me llevó suavemente hasta el aeropuerto. Ya pueden imaginar la sorpresa que esto me produjo, e incluso me dejó sin habla. Nadie creía en mí, pero gracias a que estaba allí todos tuvieron que hacerlo. Reconocí al fraile que salvó mi vida cuando, después de algunos días de licencia, me enviaron a casa. Pude ver al fraile en las fotografías de mi madre. Ella me dijo que le había pedido al padre Pío que cuidara de mí.

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